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¿QUÉ ES
EL GRUPO OPERATIVO?
Lic. Jaime Carmona Parra
Es una técnica de intervención grupal de la psicología
social, inspirada en el psicoanálisis. Se aplica en los
escenarios educativo, organizacional y comunitario; en la prevención
e intervención de diversas problemáticas psicosociales,
como la drogodependencia, problemas de aprendizaje, procesos de
cambio y resolución de conflictos. Además de sus
aplicaciones terapéuticas y preventivas, puede ser empleada
en estos mismos escenarios como dispositivo para la realización
de tareas específicas que requieran una coordinación
de grupos interdisciplinarios. Otras aplicaciones importantes son
el apoyo a la terapia con psicóticos y el llamado “apoyo
al apoyo”. También es una técnica privilegiada
en la formación de psicólogos sociales y profesionales
de otras áreas de las ciencias sociales , que aspiran a
intervenir grupalmente en los niveles terapéutico, preventivo
y de promoción de la salud mental.
Esta técnica fue creada en el año de 1942 por el
psicoanalista y psicólogo social de origen suizo, Enrique
Pichón Riviere, fundador de la Asociación Psicoanalítica
Argentina y de la Primera Escuela de Psicología Social en
América Latina. Una definición condensada del grupo
operativo que nos aporta su creador es la siguiente: “¿En
qué consiste nuestra técnica? Se puede decir que
en dos aspectos fundamentales: el aspecto manifiesto, explícito
y el aspecto implícito o latente. En este sentido nos acercamos
a la técnica analítica que es en realidad hacer consciente
lo inconsciente, o sea hacer explícito lo implícito” .
Esta referencia no agota ciertamente la definición de la
técnica, pero tiene la virtud de subrayar lo específico
del grupo operativo -que lo diferencia de otras técnicas
de trabajo grupal-, a saber, que cuenta con la existencia de una
dimensión latente de la vida grupal e interviene sobre ella,
develándola.
Una buena vía para acercarse a esta técnica puede
ser examinar lo que podríamos llamar su mito de origen.
El grupo operativo nació en una situación crítica,
casi podríamos decir, extrema. Pichón trabajaba en
el Hospicio de las Mercedes, un importante hospital psiquiátrico
de Buenos Aires; un día cualquiera, de manera súbita,
la Dirección del Hospital retira el personal de enfermeros
que atendía los pacientes a su cargo y estos quedan en estado
de abandono. “Gracias a esa medida un poco absurda en ese
momento, nació esta técnica, el grupo operativo como
una técnica social, donde se hacía posible el tratamiento
de los enfermos mentales por sus “colegas”…tomamos
como punto de partida su visión como enfermos: primero hacía
grupos con ellos y a través de esos grupos aprendían
lo que era el insight, lo que era la alienación, y todo
eso con algunos conceptos de enfermería…se completó en
muy poco tiempo la formación de los mejores enfermeros que
he visto en mi vida profesional” .
En ese primer grupo operativo del mito fundador estaban presentes
varias aplicaciones al mismo tiempo, era un grupo de aprendizaje,
pero también de “apoyo al apoyo”; y, por la
definición misma de los integrantes, cumplía una
función terapéutica muy importante, que podemos constatar
en los resultados mencionados por el autor.
Esta referencia tiene interés para los psicólogos
sociales en Latinoamérica, porque con frecuencia debemos
enfrentar situaciones de extrema precariedad de recursos. Este
relato del nacimiento del grupo operativo es paradigmático
también en cuanto a las posibilidades que ofrecen los grupos
para autogestionar la resolución de sus propias necesidades;
y es, quizá, más valioso por tratarse de un caso
radical: enfermos mentales haciéndose cargo del tratamiento
de otros enfermos mentales.
A raíz de la misma crisis en esta institución, Pichón
descubrió la aplicación del grupo operativo con familias
de pacientes psicóticos, como apoyo al trabajo terapéutico: “Al
poco tiempo entonces, una semana o un poco más, dentro del
Servicio se había extendido una actitud social de unos a
otros, se organizaban salidas, altas (especie de prueba), la inclusión
dentro del tratamiento de los grupos familiares, que completaron
nuestra concepción social de la enfermedad mental, ya que
a través de los grupos familiares detectábamos los
factores que determinaban la enfermedad, que determinaban el diagnóstico,
el pronóstico y el tratamiento. La profilaxis podía
ser dada en otros miembros de la familia” .
Los grupos operativos que nacieron en el Hospicio de las Mercedes
se pueden definir como grupos centrados en la tarea y en este caso
la tarea podemos entenderla, de acuerdo con lo dicho, como el tratamiento
grupal de trastornos psicológicos o el apoyo a dicho tratamiento
a traves de la formación en nociones de enfermeria. Quizá en
este punto sea importante hacer una primera aclaración,
no se trata de un psicoanálisis grupal, sino de una psicoterapia
grupal, que tiene en cuenta los descubrimientos del psicoanálisis
y utiliza algunas de sus herramientas teóricas, pero cuya
fundamentación epistemológica es la psicología
social.
Estos grupos operativos pueden estar integrados por un grupo de
enfermos, un grupo de terapeutas, o la familia de un psicótico.
De acuerdo con Pichón, la tarea del coordinador en estos
grupos se puede definir fundamentalmente como “promover un
cambio (en un sentido grupal) operativo (cambio de una situación
a otra), en que lo explícito que tomamos como manifiesto
se interpreta hasta que aparezca algo nuevo, un nuevo descubrimiento
o un nuevo aspecto de la enfermedad” .
El mito fundador de esta técnica -como todo mito- tiene
más de una versión. Hay una segunda historia de la
creación de los grupos operativos, que ofrece el mismo Enrique
Pichón Riviere. Ésta tiene que ver con una experiencia
comunitaria de laboratorio social, realizada en la ciudad de Rosario,
Argentina. Veamos lo que dice el autor al respecto: “El punto
de vista de los grupos operativos, tal como hoy los concebimos,
arranca de lo que denominamos la Experiencia Rosario (realizada
en 1958). Dicha experiencia estuvo a cargo del Instituto Argentino
de estudios sociales (IADES)” .
En esta experiencia participaron aproximadamente 400 personas
que fueron convocadas por medio de afiches fijados en algunos sitios
concurridos de la ciudad. Cada grupo contaba con un número
aproximado de nueve integrantes, un coordinador y uno o dos observadores
que hacían sesiones de control con un coordinador general.
El tema en torno al cual se articuló la tarea de los grupos
operativos en aquella ocasión fue la didáctica interdisciplinaria.
El propósito de este modelo del grupo operativo lo resume
el autor de la siguiente manera: “su actividad está centrada
en la movilización de estructuras estereotipadas a causa
del monto de ansiedad que despierta todo cambio (ansiedad depresiva
por abandono del vínculo anterior y ansiedad paranoide creada
por el vínculo nuevo y la inseguridad consiguiente). En
el grupo operativo, el esclarecimiento, la comunicación,
el aprendizaje y la resolución de tareas coinciden con la
curación, creándose así un nuevo esquema referencial” .
Vale la pena subrayar que, aunque esta definición de la
tarea ya no se plantea específicamente en términos
treapéuticos, siempre subsiste una dimensión curativa
de la misma.
Este segundo paradigma del grupo operativo nace en el escenario
comunitario, en función de tareas de aprendizaje, producción
colectiva y comunicación de diversos saberes en grupos heterogéneos.
En función de ello se definen las funciones: “La función
del coordinador o copensor consiste especialmente en crear, mantener
y fomentar la comunicación, llegando esta, a través
del desarrollo progresivo, a tomar la forma de una espiral, en
la cual coinciden didáctica, aprendizaje, comunicación
y operatividad” .
El grupo operativo se define, pues, como un grupo centrado en
la tarea; si se privilegia la versión del mito fundacional
del Hospicio de las Mercedes, ésta tendrá un carácter
más tereapéutico; si se privilegia la versión
de la “Experiencia Rosario” tendrá un carácter
de grupo de formación y de grupo de trabajo interdisciplinario.
Las dos versiones tienen un elemento en común, a saber,
que en ambos casos el coordinador se destituye del lugar del amo
y del maestro – en eso coincide con la posición del
analista en el análisis-, y le confiere el protagonismo
fundamental al grupo mismo en el desarrollo de la tarea, colocándose
en la posición de un facilitador que, mediante la escucha
y observación permanente del acontecer grupal, ayuda a superar
los las dificultades que surgen en el desarrollo de la tarea, mediante
intervenciones que apuntan a develar los obstáculos latentes
que interfieren con su realización. Una intervención
del coordinador es válida en la medida que es operativa,
y es operativa en la medida en que restituye la movilidad al grupo.
Gladys Adamson expresa esto con una fórmula breve y precisa “la
verdad de una interpretación (del coordinador) reside en
su operatividad”.
Este cambio de posición fundamental del coordinador, respecto
del grupo o la comunidad en que interviene, inscribe al grupo operativo
en una tradición crítica en el campo las ciencias
humanas en América Latina, que ha tenido manifestaciones
en otras disciplinas. En el campo de la pedagogía Paulo
Freire opone a la concepción tradicional de la educación
que él llama “bancaria” una propuesta que denomina “educación
liberadora”. La primera se caracteriza fundamentalmente por
la posición pasiva del educando, que es concebido como una
especie recipiente vacío en el que el docente – agente
activo del proceso-, deposita su saber como en un banco. En la
propuesta de Freire el educando es concebido como un agente activo
que posee unos saberes y unos intereses previos, y el pedagogo
se desplaza a la posición de un facilitador, le da un lugar
a los intereses y saberes del educando y le confiere el lugar protagónico
en el proceso de aprendizaje .
Un cambio semejante se puede observar en otras disciplinas. Es
conocido que la antropología nació en Europa en el
siglo XVIII al servicio del imperialismo Británico. Esta
disciplina estuvo marcada durante el siglo XIX por el proyecto
colonialista que le dio origen y por la visión etnocentrista
de los autores europeos. Con ello servía de dos maneras
al discurso del amo, como una ideología racista que reificaba
un grupo étnico y con ello justificaba las prácticas
coloniales y como una fuente de saber al servicio del poder. Durante
el siglo XX, especialmente después de la segunda mitad,
surgen movimientos como la antropología crítica de
inspiración marxista, que se caracterizan por interrogar
y replantear radicalmente la relación del antropólogo,
como científico social, con las comunidades en las que realizan
sus investigaciones y por proponer el compromiso del científico
social con las causas de las comunidades en las que realiza su
trabajo de investigación. Pero hay, aún, otro caso
digno de un comentario en este sentido, es el trabajo de investigación
y la producción escrita del antropólogo mejicano
Carlos Castaneda. El lector que se acerca a sus textos sobre las
prácticas de los Chamanes puede constatar que Castaneda
no intenta reducirlas a la cosmovisión occidental, sino
que se destituye de sus conocimientos científicos, le confiere
el lugar del saber al chamán y desde esa posición
de “aprendiz de chamán” hace una producción,
que difiere radicalmente de la visión de autores clásicos
de este campo como Morgan y Frazer.
Podemos decir que en el campo de las prácticas clínicas
el psicoanálisis fue el primero que interrogó de
una manera radical el vínculo del agente de salud mental
y el paciente, en virtud de ello desplazó el saber del terapeuta
al paciente y en consecuencia el papel activo en el trabajo terapéutico.
El grupo operativo de Pichón, la Educación Problematizadora
de Paulo Freire y la Investigación Antropológica
de Castaneda, coinciden en ese desplazamiento del lugar del saber
y del papel activo, de las comunidades, los educandos o los grupos
en los que se investiga o interviene. En otros campos como la sociología
y los grupos que trabajan e investigan en la perspectiva de género,
también existen desarrollos teóricos y metodológicos
en los que, desde sus propios constructos, apuntan en esta misma
dirección.
Pero hay un elemento que diferencia a la práctica analítica
y al grupo operativo de los demás grupos que hemos mencionado
y es el presupuesto ontológico particular del que parten,
que cuenta con la existencia de lo inconsciente. En sendos dispositivos
el sujeto y el grupo, respectivamente, no son concebidos como realidades
unitarias, consistentes y capaces de autoconocerse y “autoayudarse”,
sino que son realidades divididas y contradictorias en las que
existe una dimensión a la que solamente es posible acceder
por medio de un tercero, formado para ello. Este presupuesto tiene
consecuencias metodológicas y prácticas, especialmente
en lo que se refiere a la función del analista en la terapia
analítica y del coordinador en el grupo operativo. Es necesario
precisar lo que hemos dicho anteriormente, para que esto se entienda.
Cuando decimos que en el trabajo analítico el saber y la
función activa se desplazan al lugar del paciente, no nos
estamos refiriendo a éste en el sentido de su “yo” y
su voluntad consciente, sino al sujeto del inconsciente que emerge
en sus síntomas, sus yerros y sus sueños. Lo que
tiene de subversivo el dispositivo analítico es que crea
un escenario en el que no solamente se silencia el analista, sino
también el yo del paciente y sus funciones psíquicas
superiores, para que pueda emerger la verdad del sujeto del inconsciente.
Esto es fundamental para entender que el mismo “yo” sufriente,
que llega a pedir ayuda, se puede convertir luego en un obstáculo
fundamental para el desarrollo del tratamiento. El analista debe
estar en condiciones de observar las distintas resistencias de
las que se vale el yo del analizante para obstaculizar el trabajo
terapéutico.
El desarrollo de la investigación psicoanalítica
le mostró a Freud que estas mismas resistencias, que aparecen
como obstáculo a la curación son las que garantizan
el mantenimiento del síntoma, de manera que el vencimiento
de las resistencias en el trabajo terapéutico es fundamental
porque es a la vez la liquidación de la fortaleza en las
que se atrincheraba la enfermedad. Así el vencimiento de
las resistencias a la cura y la eliminación del síntoma
son una y la misma operación.
De una manera análoga la psicología social de Enrique
Pichón Riviere, no concibe al grupo como una realidad unitaria
y transparente para sí misma, sino como una realidad compleja,
contradictoria y conflictiva, que exige un marco conceptual para
poder observarla y una técnica particular para intervenir
sobre ella. Pichón concibe el grupo –todo grupo- como
una realidad viva en permanente transformación en el que,
simultáneamente, están operando siempre fuerzas opuestas:
las que se orientan hacia el logro de las tareas y el proceso de
cambio del grupo y aquellas que, por el contrario boicotean el
quehacer grupal y tienden a impedir su evolución.
Uno de los signos inequívocos de que en un grupo hay un
fenómeno sintomático es la estereotipia que se puede
manifestar en la ritualización de la dinámica grupal
o en los roles rígidos de uno o varios de sus integrantes.
La resistencia al cambio en los grupos, opera de una manera análoga,
a la resistencia del analizante, por ello una de las tareas fundamentales
del coordinador es ayudarle al grupo a observar, analizar y neutralizar
la resistencia al cambio y, con ella, las estereotipias. Dicho
de otra manera, una dimensión fundamental de la intervención
terapéutica del coordinador es ayudarle al grupo a vencer
los obstáculos que se oponen a la realización de
la tarea, que se manifiestan bajo la forma de la resistencia al
cambio.
La tarea en todos los grupos tiene dos dimensiones, que el autor
llama tarea manifiesta y tarea latente. La tarea manifiesta es
la más fácil de definir, porque coincide con los
propósitos expresos del grupo; la dimensión latente
de la tarea no es algo que se pueda definir de manera universal,
sino que en cada caso es menester interpretarla y está relacionada
con el proceso de transformación subjetiva de los integrantes
del grupo en el proceso grupal, con la transformación de
sus esquemas referenciales, la construcción de una mutua
representación interna de los integrantes y la construcción
de un Esquema referencial colectivo.
En esta dimensión latente de la tarea, presente en todo
grupo, es en la que se juegan los procesos afectivos y se ponen
en juego los goces y los síntomas individuales de los integrantes,
es el campo de las rivalidades imaginarias, de los juegos de seducción,
de los odios secretos y de las pasiones inconfesables; y, en general,
de todos aquellos procesos que hacen parte del vínculo entre
los seres humanos, pero que por razones de la definición
misma de la tarea manifiesta, quedan por fuera del propósito
expreso del grupo. Las relaciones entre la dimensión manifiesta
y la dimensión latente de la tarea son complejas y cambiantes.
En algunos casos coinciden y en otros pueden llegar a oponerse.
Es importante aclarar que el propósito de la técnica
del grupo operativo no es eliminar la tarea latente, ni combatirla
o subordinarla a la tarea manifiesta, sino contribuir a su observación
y análisis permanente para contribuir a que el quehacer
grupal sea más productivo y saludable y que los integrantes
del grupo aprendan a reconocerla y a hacerse cargo de ella sin
que derive en formas sintomáticas.
La diferencia entre un grupo operativo y cualquier otro grupo centrado
en la tarea no es que este tiene tarea latente y los demás
no la tienen, sino que en éste se cuenta con un instrumento
para su observación y análisis.
Es importante no confundir la tarea latente en los grupos, con
lo que algunos autores llaman la “agenda oculta”, ya
que esta última por su definición misma, es conocida
en el grupo, al menos por parte de algunos integrantes, que la
ocultan deliberadamente a otros. La tarea latente, en el sentido
más fuerte de la definición, puede ser desconocida
por todo el grupo; y, desde esa condición, sin embargo,
puede operar como una voluntad secreta y firme que lleva al grupo
en una dirección determinada, -que puede ser ajena a definición
de la tarea manifiesta, incluso contraria-, sin que nadie comprenda
la razón.
La dimensión latente de la vida grupal puede manifestarse
como un síntoma, por ejemplo una ansiedad que se manifiesta
de una manera más o menos pareja en los integrantes del
grupo, pero lo más frecuente es que emerja a través
de alguno de los integrantes que, por su lugar en el grupo o por
sus características personales está conectado de
una manera más directa con esta dimensión de la vida
grupal. Al integrante del grupo que cumple esta función
Pichón lo llama “el portavoz” y al contenido
de lo que denuncia lo denomina “lo emergente”. El portavoz
actua como un lider de opinión que logra ponerle palabras
a lo que otros también han percibido. La función
de portavoz, también puede ser agenciada por un grupo en
el contexto más amplio de una institución.
Lo emergente puede tomar formas diversas, incluso opuestas entre
sí. En el caso del rol de chivo expiatorio, en el que se
manifiesta un síntoma colectivo, los demás integrantes
del grupo no reconocen al emergente como propio y se lo endilgan
al chivo emisario que se hace cargo de la patología grupal.
Desde su nacimiento mismo en el Hospicio de las Mercedes, el grupo
operativo se le reveló a Pichón Riviere, no solamente
como un dispositivo de intervención, sino también
como un método de investigación del vínculo
sujeto-grupo, que es el objeto mismo de la psicología social.
Los rendimientos teóricos que el autor cosechó de
la investigación psicosocial en los grupos operativos, lo
sistematizó en lo que llamó su Ecro: esquema concetpual
referencial y operativo.
Una parte fundamental del Ecro de Pichón Riviere es la
teoría del vínculo social que publica en un texto
que se titula precisamente Teoría del Vínculo. No
vamos a pretender hacer una síntesis de la misma, ya que
amerita, cuando menos un capítulo de esta misma extensión,
pero si mencionaremos uno de los hallazgos fundamentales que arrojó la
investigación de Pichón con la metodología
de grupos operativos. Este descubrimiento podemos definirlo como
la potencia patológica y terapéutica, a la vez, de
los grupos humanos.
En efecto, los primeros grupos con las familias de los psicóticos
en el Hospicio, según el autor, “completaron nuestra
concepción social de la enfermedad mental”. Es decir
el poder que tiene una familia o un grupo social de enfermar a
uno o a alguno de sus integrantes. Esta concepción social
de la enfermedad mental permite, no solamente entender de qué manera
influye el grupo familiar y social en la etiología de una
psicosis o una neurosis en un individuo; sino que, por contrapartida,
permite arrojar luz sobre los fenómenos sociales, abordando
al enfermo mental como portavoz de un síntoma colectivo.
Pero el hallazgo fundamental de la investigación Pichoniana
es el poder terapéutico de los grupos: “la profilaxis
podía ser dada en otros miembros de la familia”; y,
no solamente en aquellos casos en los que se definen como grupos
terapéuticos; sino también aquellos en los que la
tarea se define en función de una obra comunitaria, un proyecto
empresarial, o la resolución de un problema en una institución
educativa. La condición para activar esta potencia terapéutica
es disponer de un marco teórico –el Ecro- que permita
leer la vida latente de los grupos y que el grupo cuente con un
coordinador que conozca la técnica adecuada para intervenir
sobre ella. El dispositivo del grupo operativo crea unas condiciones
favorables para aprovechar la potencia terapéutica de los
grupos. No se trata entonces de una psicoterapia en grupo entendida
en el sentido convencional, es decir, de un terapeuta que interviene
grupalmente; en el grupo operativo es el grupo en tarea el que
produce los efectos terapéuticos, no el terapeuta.
Como el lector habrá podido apreciar, la psicología
social de Pichón Riviere y la teoría y técnica
de los grupos operativos permite un acercamiento que puede ser
progresivo, en función del nivel de profundidad que se requiera.
Se trata de un dispositivo teórico y técnico que
ofrece, a quienes se forman en esta técnica, herramientas
para leer fenómenos e intervenir en grupos de múltiples
clases, en diversos escenarios; herramientas que se pueden combinar
con otras técnicas que provienen de contextos teóricos
y metodológicos afines, sin que sea menester la aplicación
del dispositivo del grupo operativo en su versión más
pura.
Leonardo Schvarstein, un discípulo de Pichón, que
es actualmente uno de los autores más reconocidos en América
Latina en el campo de la psicología organizacional, reconoce
que en su práctica nunca usa el grupo operativo en su forma
pura, pero que en todas sus intervenciones está trabajando
con la didáctica de emergentes y otras herramientas de la
técnica de los grupos operativos y que en general se vale
del Ecro de Pichón para leer los fenómenos latentes
de la actividad grupal. Este comentario pretende adelantarse a
la inquietud que, con toda razón, se hacen muchos sobre
las posibilidades prácticas de exportar el modelo del grupo
operativo, en su versión más genuina, a todos los
escenarios de intervención del psicólogo social.
Donde tiene toda su pertinencia la aplicación de la versión
más pura del grupo operativo es en la formación de
los futuros psicólogos sociales. Encontramos nuevamente
un punto en común con el psicoanálisis. Un analista
se forma fundamentalmente en el diván de otro analista,
es decir en su propio análisis; los seminarios, cursos,
mesas de lectura, carteles y otros dispositivos de estudio, son
un factor muy importante en su formación, pero no sustituyen
la travesía que constituye el análisis personal,
sin el cual no hay analista posible. De una manera análoga,
la formación de un coordinador en grupos operativos, requiere
un conocimiento teórico de la psicología social de
Pichón Riviere, y exige como condición indispensable
la experiencia y la vivencia como participante de grupos operativos
de formación, sin los cuales no es posible, o en todo caso,
no es legítimo, autorizarse como coordinador.
Como el lector habrá podido notar el grupo operativo es
una técnica que descansa en una concepción particular
de la enfermedad mental como síntoma social y de los grupos
como tramas vinculares en los que el saber y el poder se pueden
poner en función de lo patológico o lo terapéutico.
Se trata de una técnica que cuenta con la existencia de
una dimensión latente de la vida grupal regida por formas
individuales y colectivas del goce que es necesario develar y darles
una forma de expresión para evitar el empobrecimiento de
la vida grupal o la emergencia de síntomas que tienen un
alto costo psíquico para los integrantes del grupo y que
pueden boicotear los propósitos grupales.
Por ello hemos considerado pertinente examinar el grupo operativo
a la luz del dispositivo teórico llamado “los cuatro
discursos” de Lacan que gira en torno a cuatro significantes:
El significante amo (S1), que es el emblema de las diversas formas
del poder; el saber (S2), que tiene distintas facetas; el síntoma
($), en distintas posiciones; y el goce (a) que también
tiene valores diferentes según sea un producto, una verdad
reprimida, un lugar vacío, o la causa del deseo. |